Un funeral puede sacar lo mejor o lo peor de las personas. Habiendo asistido al menos a 20 de ellos durante mi juventud, aprendí esta lección a una edad muy temprana. Cada vez que alguien moría, veía liderazgo entre los generalmente tímidos, simpatía entre los insensibles y muestras de una impresionante fuerza interior en personas que, de otro modo, serían vulnerables. Por otro lado, me escandalizaba la codicia que afloraba cuando algunos de los familiares del fallecido, creían que iban a heredar algo de valor.

Durante mi breve estancia como titular de un cartel en una agencia de trabajo temporal, volví a encontrarme con esta vieja y conocida dualidad. Para algunos, este puesto magnificaba mi humanidad, mientras que para otros, me reducía a basura humana.

Permítanme ubicarlos en aquel contexto propio… Yo era un antiguo voluntario del Cuerpo de Paz de 34 años, que acababa de obtener un máster y había pasado el año anterior enseñando inglés como segunda lengua en México. Mi búsqueda de viajar por el mundo y expandir mi mente no era rentable, ya que tenía una deuda de casi seis cifras por los préstamos estudiantiles y ganaba un salario muy modesto como profesor de inglés. Volví a Estados Unidos con poco más que la camisa, las tarjetas de crédito al límite y un montón de facturas atrasadas. También me había convertido recientemente en marido y padrastro, pero tuve que dejar temporalmente a mi familia en México mientras intentaba poner mi vida en orden.

Al principio, me presenté a los trabajos que creía que mi título y mi formación podían conseguirme, pero mi nivel de exigencia bajó rápidamente al no recibir ninguna llamada. Desesperado por conseguir algún tipo de ingreso, me apunté a una agencia de trabajo temporal que ofrecía trabajos de un, día por el salario mínimo. Si alguna vez has visto una persona en la calle con un cartel anunciando un servicio fiscal, una agencia de fianzas o algo parecido, es muy probable que esa persona trabaje para una empresa de ese tipo.

Acepté dos trabajos de fin de semana como cartelista de una tienda de colchones en la que mi cartel que anunciaba las camas de espuma con memoria; estas solían ser populares en los comerciales. Para mi alivio, no tuve que disfrazarme de King Kong o de la Estatua de la Libertad, como a veces tienen que hacer los cartelistas de otros negocios.

El primer día, no fui el único portador de carteles en la manzana. Al otro lado de la calle, vi a un hombre mayor, en silla de ruedas y con un uniforme militar andrajoso, que sostenía un cartel de cartón en el que pedía limosna a los automovilistas comprensivos. Le faltaban las dos piernas de la rodilla para abajo y llevaba la holgura de los bajos del pantalón bien metida debajo de él, lo que acentuaba su falta de extremidades. No pasó mucho tiempo hasta que un agente de policía se detuvo, le quitó el cartel y le ordenó que se fuera. Cuando el agente pasó por delante mío sin ni siquiera echar un vistazo, me quedé pensativo. En esencia, la única diferencia real entre el veterano sin techo y yo en ese momento, era que yo estaba prestando un servicio a la tienda que tenía detrás. Más allá de eso, ambos estábamos en situaciones desesperadas, parados afuera en las aceras, y sosteniendo carteles con la esperanza de que nos ayudaran a poner comida en nuestros estómagos.

Una vez que el coche patrulla se marchó, el veterano sin techo empezó a acercarse a mí mientras yo estaba entre su esquina y la parada de autobús más cercana. Por su edad, supuse que había servido en la guerra de Vietnam, lo cual me confirmó cuando se acercó lo suficiente como para que pudiera leer su gorra. Charlamos brevemente y me preguntó si tenía suficiente agua, ofreciéndome amablemente su botella extra. Esto fue lo máximo que me comuniqué con los transeúntes esa tarde. Aparte de eso, lo más parecido a una interacción humana fue un hombre en un Mercedes blanco que me mostro el dedo al pasar (como sinónimo de insulto universal).

El fin de semana siguiente, trabajé en otro local de la misma franquicia, esta vez frente a una calle mucho más concurrida. No pasó mucho tiempo antes de que un coche pasara zumbando mientras alguien gritaba obscenidades a través de la ventana. Me puse los audífonos, con la esperanza de no escuchar más de lo que la gente pudiera gritarme. A medida que avanzaba el día y subía la temperatura, los coches empezaron a lanzar algo más que insultos, y en un momento dado casi me golpearon con una botella de agua que servía de escupidera para el tabaco de mascar del conductor.

Ese mismo día, un coche entró en la tienda de colchones y aparcó justo delante de donde yo agitaba el cartel. Una mujer de mediana edad se bajó con una limonada rosa que aparentemente había comprado en el Wendy’s de enfrente.

“No puedo creer que te tengan aquí en un día como hoy. Toma, hemos comprado esto para ti”, me dijo mientras me entregaba la bebida fría. Más tarde me enteré de que la temperatura había superado los 100 grados Fahrenheit (unos 38 grados Celsius para cualquier lector de fuera de Estados Unidos).

Un rato más tarde, el jefe de la tienda salió donde me encontraba y se ofreció a dejarme ir a casa antes de tiempo además de firmar mi bono de trabajo, lo que significaba que seguiría cobrando por un día completo de trabajo. Cuando le pregunté por qué, me explicó que era porque varias personas que habían pasado por la tienda le habían llamado y se habían quejado por hacerme estar fuera con un cartel en un día tan caluroso. Fue muy emocionante enterarme que la gente se preocupaba lo suficiente como para hacer una pausa en sus rutinas diarias y apoyar a un desconocido que, casualmente, había visto con un cartel.

De esta experiencia, aprendí que la gente puede ser muy cruel; por otro lado, aprendí que la gente también puede ser muy amable. Mi creciente cinismo y la pérdida de fe en la humanidad vinieron acompañados de la perplejidad ante lo hermosa que puede ser a veces la humanidad. Del mismo modo que algunos olvidan que se comunican con un ser humano cuando escriben respuestas airadas en las redes sociales, mi distancia con varios transeúntes disolvió mis vínculos sociales con ellos, reduciéndome a la basura verbal y física que me lanzaban. Pero todavía hay suficiente bondad en el interior de la mayoría de las personas como para que la distancia social y el aislamiento no hayan llevado a la desaparición definitiva de la compasión. Cabe destacar que todavía vivimos en un mundo en el que un indigente te ofrece a veces, su última botella de agua.

En resumen, aunque la investigación social se centra mucho en los aspectos negativos de la sociedad, no debemos pasar por alto las victorias, aunque sean pequeñas.

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Sobre el autor

Scott Tuttle es el fundador y presidente del Instituto Suru. También es candidato al doctorado en el programa de sociología de la Universidad de Kansas, donde sus áreas de investigación incluyen principalmente la inmigración, los mercados laborales y las desigualdades raciales. Anteriormente obtuvo su maestría en sociología rural en la Universidad de Missouri en 2012 y su licenciatura en psicología en la Universidad Estatal de Missouri en 2007. Prestó servicios en el Cuerpo de Paz de los Estados Unidos (2008-2010) en Níger, África occidental, y también vivió en México durante dos años, trabajando como profesor de inglés (2013-2015).

Por Scott Tuttle

Scott Tuttle es el fundador y presidente del Instituto Suru. También es candidato al doctorado en el programa de sociología de la Universidad de Kansas, donde sus áreas de investigación incluyen principalmente la inmigración, los mercados laborales y las desigualdades raciales. Anteriormente obtuvo su maestría en sociología rural en la Universidad de Missouri en 2012 y su licenciatura en psicología en la Universidad Estatal de Missouri en 2007. Prestó servicios en el Cuerpo de Paz de los Estados Unidos (2008-2010) en Níger, África occidental, y también vivió en México durante dos años, trabajando como profesor de inglés (2013-2015).