La democracia en América Latina atraviesa una crisis profunda. En toda la región, los ciudadanos confían cada vez menos en las instituciones, los partidos y los procesos electorales. Según encuestas recientes, muchos creen que la democracia no resuelve problemas como la inseguridad, la inflación o la corrupción. Esa frustración alimenta el autoritarismo y el apoyo a líderes de mano dura.
La crisis no es solo regional. Tiene implicaciones para Estados Unidos, que durante décadas intentó presentarse como referente democrático. Si la democracia retrocede en América Latina, aumentan el riesgo de inestabilidad, la migración forzada y la presencia de actores externos con agendas propias.
En un momento en que el apoyo ciudadano a la democracia cae a mínimos históricos, la cooperación entre América Latina y Estados Unidos es esencial para evitar un nuevo ciclo de gobiernos autoritarios.
Cómo la inestabilidad económica debilita la democracia en América Latina
Durante las crisis económicas, los expertos suelen enfocarse en indicadores técnicos. Suelen analizar la duración de la recesión, el comportamiento del mercado bursátil o el efecto en el empleo y los precios. Sin embargo, rara vez analizan cómo estas crisis afectan a la estabilidad política y al apoyo ciudadano al sistema democrático. En muchos países desarrollados, las fluctuaciones económicas pueden cambiar el equilibrio entre partidos. Pero no ponen en riesgo el sistema político. En contraste, en la democracia en América Latina, los impactos económicos pueden ser devastadores. La falta de redes de protección social y la vulnerabilidad de las poblaciones de bajos ingresos amplifican los efectos.
América Latina es un ejemplo claro de cómo la economía y la estabilidad democrática están estrechamente vinculadas. En los últimos años, muchas economías de la región han sufrido un crecimiento lento. Interrupciones externas han provocado ciclos de auge y caída más intensos que en otras regiones. Los países industrializados pueden recurrir a políticas keynesianas para amortiguar una crisis. Las economías latinoamericanas no cuentan con monedas fuertes que las protejan de la inflación acelerada. Esta limitación empuja a los gobiernos a adoptar medidas drásticas cuando la economía se deteriora. Los ciudadanos quedan expuestos a incertidumbre, pérdida de oportunidades y un deterioro de la confianza en las instituciones democráticas.
Cuando las personas experimentan inflación alta, desempleo o devaluación de la moneda, la frustración económica se traduce con facilidad en frustración política. En contextos donde la democracia no ha logrado ofrecer estabilidad económica, aumenta el riesgo de que los ciudadanos apoyen soluciones autoritarias o líderes de “mano dura” que prometen orden inmediato. Por eso, la inestabilidad económica no solo afecta al bolsillo: erosiona la confianza en la democracia en América Latina. También abre espacio para alternativas antidemocráticas que prometen resultados rápidos ante problemas profundos.
Opinión pública y confianza en la democracia en América Latina
Los resultados más recientes del Proyecto de Opinión Pública Latinoamericana (LAPOP) muestran un deterioro significativo en la confianza hacia el sistema democrático. El estudio fue realizado por la Universidad de Vanderbilt e incluyó más de 40 000 entrevistas. Según la encuesta publicada en 2023, solo el 59 % de los participantes afirmó que la democracia era la mejor forma de gobierno. Es una caída notable frente al 68 % registrado en 2004. En menos de dos décadas, el apoyo a la democracia en América Latina ha descendido casi diez puntos. Esto refleja una pérdida de fe en su capacidad para ofrecer estabilidad.
Esta desconfianza se extiende a los gobiernos. Menos de la mitad de los encuestados afirmó tener algún nivel de confianza en sus instituciones políticas. El Salvador encabezó la lista con un 86 % de confianza. Honduras ocupó el último lugar, con solo un 31 %. Los datos muestran que los ciudadanos de mayor edad tendieron a expresar más confianza, mientras que las personas con mayor nivel educativo y generalmente con mayores ingresos mostraron menos confianza en las instituciones.
La participación electoral también muestra señales de erosión. Cuando LAPOP preguntó quién acudiría a votar si hubiera elecciones en una semana, El Salvador volvió a situarse en primer lugar. Registró un 74 % de intención de voto. En contraste, solo el 35 % de los encuestados en Jamaica afirmó que votaría. Colombia registró la cifra más baja entre los países hispanohablantes, con apenas un 38 %. La apatía electoral se ha convertido en otro síntoma de la creciente desconexión entre ciudadanía y sistema político.
Generaciones jóvenes y el apoyo a alternativas autoritarias
El desencanto hacia la democracia en América Latina comenzó a intensificarse alrededor de 2016. Desde entonces, el apoyo a los sistemas democráticos ha disminuido en todos los grupos de edad, pero el descenso es más pronunciado entre los jóvenes. Los adultos jóvenes no solo muestran el menor nivel de confianza en el sistema democrático, sino que también son más propensos a justificar un golpe de Estado si este promete reducir los altos niveles de delincuencia. Como los jóvenes son estadísticamente más propensos a ser víctimas de delitos violentos, su disposición a considerar soluciones autoritarias proviene de una búsqueda inmediata de seguridad.
A esta tendencia generacional se suma la presión económica. La región ha enfrentado un crecimiento lento y una marcada vulnerabilidad ante crisis globales. Tras la pandemia de COVID-19, América Latina registró niveles de volatilidad económica entre los más altos del mundo, según datos del PNUD y el Banco Mundial. La inflación se aceleró en Brasil, Chile y Colombia; Argentina superó el 100 % de inflación en 2022; y Venezuela continuó en hiperinflación. Cuando los ciudadanos enfrentan precios en aumento, salarios estancados y monedas debilitadas, la promesa democrática pierde credibilidad, y aumentan las presiones para buscar soluciones expeditivas, incluso si provienen de proyectos autoritarios.
En este contexto, la erosión del apoyo a la democracia no solo es política, sino emocional: las personas dejan de creer que la democracia puede mejorar sus vidas.
El papel de Estados Unidos en el futuro de la democracia en América Latina
Mientras que muchos ciudadanos latinoamericanos expresan una creciente desilusión con la democracia, Estados Unidos enfrenta un desafío paralelo: la pérdida de credibilidad como modelo democrático. Una encuesta reciente del Pew Research Center revela que una proporción considerable del mundo ya no considera a Estados Unidos como un referente de democracia. Incluso dentro del país, el 72 % de los estadounidenses afirma que Estados Unidos ya no es un modelo ejemplar de democracia para otros, y otro 8 % sostiene que nunca lo fue. Esta falta de confianza debilita la capacidad estadounidense para influir positivamente en la región.
A medida que surgen nuevos líderes políticos y aumenta la frustración con los sistemas existentes, la región se vuelve más receptiva a alternativas autoritarias. Sin estabilidad económica y social, la historia de gobiernos de “mano dura” puede repetirse. Para evitar este retroceso, la colaboración entre Estados Unidos y América Latina es esencial. Sin embargo, apoyar la resiliencia democrática no significa imponer modelos desde Washington. Significa fortalecer alianzas que generen beneficios mutuos. Una región estable y democrática amplía las oportunidades comerciales y reduce las presiones migratorias. También limita la expansión del crimen organizado. Estos resultados benefician a los ciudadanos de ambos lados de la frontera.
En última instancia, si Estados Unidos quiere recuperar credibilidad y contribuir al fortalecimiento de la democracia en América Latina, primero debe reconstruir la confianza dentro de sus propias instituciones y luego colaborar con sus vecinos de manera horizontal. La democracia en el hemisferio solo perdurará si se sostiene mediante cooperación, respeto y beneficios compartidos, no mediante control o intervención unilateral.
La defensa de la democracia en las Américas no será obra de un solo país, sino de una comunidad de naciones que elijan la libertad y la apertura sobre el miedo y el autoritarismo.
